martes, julio 18, 2006




La trompeta de Miles

La trompeta de Miles (Miles' trumpet)

No siempre, pero hay veces que siento que Miles Davis está tocando la trompeta justo detrás de mí. Aún no sé por qué justamente la trompeta ni por qué justamente Miles Davis, el caso es que escucho una nota metálica alcanzando agudos imposibles, que quizá ni siquiera los modernos avances digitales puedan alcanzar a grabar, pero que sí ahuyenten a los perros. No es que esté justo detrás de algún reproductor o que haya bebido de más (que en mi caso es bastante poco), pero escucho la trompeta de Miles Davis, inconfundible.

No es ningún otro metal, no es ninguna tuba ni ningún trombón, ningún saxo, ningún corno, ni las olvidados trompeta y clarín (con todo y su bélico acento), y mucho menos alguna madera o sintetizador electrónico; no es Chet Baker, ni Maynard Ferguson, ni Dizzy, ni Louis, ni Bix, ni Roy Eldridge, ni Arturo Sandoval, ni Harry James. Es la trompeta de Miles.
La última vez que la escuché fuera de un disco compacto iba yo caminando rumbo al periódico y el cielo comenzó a nublarse. Eran más o menos las cuatro y media de la tarde, un frío y un viento incontrolables en medio verano me hacían el cabello para todos lados. Para colmo, no había traído conmigo ningún tipo de chamarra, suéter, sudadera, gabán, sobretodo, gabardina o cosa parecida. Estaba a merced de una ciudad que, climatológica y socialmente hablando, es de lo más ridículo que jamás he visto en mi vida.
Algunas gotas de lluvia fría empezaban a caer sobre mi rostro, como si fueran bobitos, esos mosquitos que no pican. Pasaba mi mano por mi cara de arriba abajo para secarla, y por un momento me sentí en medio de una pésima película de Silvester Stallone, o una buenísima de Vittorio De Sica. Justo en ese momento fue como si alguien hubiera gritado: “And the trumpet shall sound”.
Como si tuviera la boca de la trompeta en mi oído tocando la nota más sutil y más aguda que pudiera tocara una trompeta, me detuve y cerré los ojos. La gente que buscaba un refugio por la absurdamente ligera lluvia me veía como si estuviera yo loco (que lo esté no les da derecho a quedárseme viendo en la calle refugiados bajo la lona de una florería). Sentí la lluvia y sentí como si la vida me estuviera cayendo en la cara en forma de rocío urbano. El sonido de la trompeta iba in crescendo hasta que se opacó en ocho segundos, durante los cuales una nota larguísima, casi infinita, hacía de preludio para una la melodía, su exposición, su múltiple desarrollo superpuesto, una línea melódica detrás de otra, encima, debajo, a través, zigzagueante, tres, cuatro, ocho, dieciséis, dos y treinta, todas simultáneamente yendo hacia una explosión incontenible y de pronto Miles había callado. Ocho segundos, una cantidad inagotable de música, horas y horas de jam sessions. La lluvia comenzó a cesar y la gente dejó de temerle al cielo y a las calles.
El periódico estaba a tres cuadras. Como pude crucé la acera, me compré un café, entré a la redacción y entre notas de finanzas, deportes y declaraciones de presidentes municipales escribí esto.



(La pintura de Miles Davis es obra de Luisa Fuster. Las fotos no tengo ni idea.)

miércoles, julio 12, 2006

Aclaración.

Como este blog resultó una infamia, acá dejo la dirección del mero bueno:

http://romanothechief.spaces.live.com/

Bueno, la verdad también es pésimo. Raro, mientras todos se pasan de allá para acá, yo llego acá y mejor me regresó pa'llá porque no sé usar blogs. ¡Que alguien me expliqueeeee! Lo que sea, pero que se me explique algo.