sábado, noviembre 11, 2006



Satieana (Sur un Satie)


Las cosas regresan de vez en cuando, cuando tienen que regresar, he pensado, en una especie de flujo continuo que puede estar tan relacionado con la física cuántica y los anillos de Moebius como con el budismo, la música o sencillamente las coincidencias. Un tema que regresa en medio del primer movimiento de un concierto para piano (pongamos el segundo de Rakhmáninov) o en el estribillo o la coda de una canción, una persona que reaparece en la vida de alguien más justo cuando se pensaba en ella; así es esto.
Hace meses regresó a mí Érik Satie en varias formas, aunque realmente nunca se alejó. Lo primero que escuché de él, quizá como la mayoría de la gente que se ha topado con su música, fueron las gimnopedias (y, poco después, las nuevas gimnopedias). Poco después de haber comprado un disco en el que Anne Queffélec se volcaba toda sobre el normando, Satie se acercó a mí en forma de lluvia y miedo desde una ciudad que entonces yo no sabía cuál era. “Nube, un suspiro” mientras sus tres gimnopedias se escuchaban allá y apaciguaban el ímpetu de gotas y truenos, mucho mejor, según me pareció, de lo que lo hubiera hecho Chopin, que en algún lado leí o escuché o me dijeron que era “el compositor de la lluvia”.
“Satie es el descubrimiento de la temporada”, leí; Satie siempre será un descubrimiento (aunque no necesariamente un redescubrimiento). Dentro de su música es posible encontrar nuevas armonías cada vez que se escucha, distraídamente, una pieza, las gnosedias, las descripciones automáticas, los nocturnos, las piezas frías, los fragmentos en forma de pera, las ojivas, los embriones desecados, las horas seculares e instantáneas, o las que no forman parte de ninguna colección, como el vals je te veux o el preludio a la puerta heroica del cielo. Una nota grave, una arpegio, un acorde que parece que la vez pasada que se escuchó la grabación no estaba ahí. No es algo exclusivo de Satie: pasa con cualquier música, pero aquí lo que interesa es la cualidad ‘satíerika’ de la música, una voluptuosidad escondida en sus formas y elementos más simples, en sus manifestaciones más sencillas.
Mozart (uno de cuyos temas es citado en una pieza de Satie) decía que la música es más que música, más que sonidos; que tiene colores y formas y texturas y volumen, que puede haber una sonata azul, verde o roja, un tema cuadrado o triangular, una sinfonía rugosa, un concierto redondo. La música de Satie, al menos su música para piano, que es casi toda, siempre me ha parecido blanca, nívea. Su gnosedia número cinco, por ejemplo, me hace pensar en una ciudad bajo la nieve. (Por otra parte, nunca le he encontrado forma de pera.) Y con esa blancura ha vuelto constantemente, desde aquella ciudad, quizá, cada vez que llueve en la que yo vivo. Ahora, al menos para mí, Érik Satie le ha quitado a Chopin el título de compositor de la lluvia. Y quizá sea también el compositor de la niebla, de la brisa, del martini, del cabaret, del burdel, del tinto, de las bacanales, de la displicencia, de la despreocupación (¿cómo traducir nonchalance?), de algunas playas y de algunos amaneceres.
Volvió a mí también un fragmento de un cuento que escribí hace cuatro o cinco años, consecuencia de mi primera audición de las gimnopedias, mientras estaba buscando una noche no recuerdo qué en una carpeta de papeles viejos; reapareció el final, en una hoja de cuaderno. Esa noche, por fundirse con la madrugada, estuve a punto de hacer una llamada telefónica a otra ciudad.


“...desde la habitación y cumple con su deber, y uno lo maldice porque bien recuerda haber soñado.
“Es sábado y uno está, con los ojos abiertos, aún sobre el sofá, viendo todo sin mirar nada, y de pronto la mirada cae sobre la lámpara encendida que no va a apagarse sola, no; necesita ayuda. Hace frío y hay que caminar unas tres cuadras para conseguir un café mejor que el del apartamento, tres cuadras que, dadas las circunstancias, no son nada. El café está lleno y el pianista toca algo de Satie; no hay asiento vacío más que ése en la mesa de una mujer.”


El resto del cuento está en otra hoja que aparecerá a su debido tiempo. O no. Comienza más o menos como termina, la misma situación; la diferencia es que el final no es un sueño.
(El primer renglón que aquí reproduzco del cuento, habla de un despertador.)


La isla de Santorini (la antigua Thira) está compuesta geológicamente de piedra pómez y caolín; en su bahía...han aparecido y desaparecido islas. Era el centro de una religión muy antigua cuya liturgia comprendía danzas líricas de un ritmo grave y austero, llamadas Gymnopedias. —Giorgios Seferis, “Guía de Grecia”