viernes, marzo 09, 2007

Queremos tanto a Britney

Sabemos lo que somos, pero no
sabemos lo que podemos llegar a ser
William Shakespeare

A Britney la habíamos visto por primera vez como se ven siempre por primera vez las cosa que han de llamarnos a una idolatría o a un deseo, con la sorpresa y la boca abierta del que no cree que algo de esa naturaleza pueda encontrarse en algún rincón de este mundo, y ahora que lo veíamos así, en una cosa tan horrible como la televisión, nos dábamos cuenta sin darnos cuenta de que no éramos los únicos, de que en otras habitaciones y frente a otras televisiones había toda una hermandad con las bocas abiertas y un helado que podía derretirse plácidamente durante tres o cuatro minutos, o cualquier cosa, mientras veíamos sin parpadear a Britney.
No es que fuera la música o las palabras ni que sintiéramos que tuvimos el privilegio de ver el nacimiento de algo, un fenómeno, porque eso no podía ser otra cosa que un fenómeno que derivaría en otro impredecible. Era que cuando nos veíamos había un reconocimiento que se daba por la forma de ver las cosas ahora, por una especie de destello o esperanza en los ojos que se iluminaban desde dentro, como tarareando la canción y recordando los escenarios, lo común de un salón de clases o de una cancha de baloncesto, la simplicidad de los pasillos, de la profesora de literatura, de los uniformes, del lápiz marcando un ritmo o acortando una espera, una distracción, una hora en el reloj de pared.
Comenzamos a reunirnos para tratar de explicar el fenómeno hasta que encontramos que era absurdo, que era mejor disfrutarlo porque no éramos expertos en la materia aunque algunos habríamos de querer serlo, otros no, porque a veces ciertos conocimientos y conciencias merman algunos placeres. Seguimos reuniéndonos, pero ahora era sólo para cambiar impresiones y presumir novedades. Lo que Britney decía era más trascendente que lo que podían decir Saramago o Kofi Annan, lo que hacía era más importante que la sucesión presidencial o el protocolo de Kyoto. Y generalmente eran estupideces y nosotros sabíamos reconocerlas, pero no las admitíamos como tales; en todo caso, eran estupideces de las que nos queríamos mantener al tanto ante la mirada atónita de quienes nos conocían y nos desconocían.
No era una admiración y realmente nunca podría llegar a serlo. Era una especie de cariño piadoso, y conforme nos fuimos dando cuenta de muchas cosas ese cariño se fue convirtiendo en deseo, y a ello ayudaron las propias actitudes de Britney, y empezamos a no querer compartirla, a apropiárnosla, a hacerla parte de nuestra cotidianidad. A veces había entre nosotros una especie de reconciliación, la hubo después de verla en un puerto como besada por algunas ráfagas de viento que sabíamos sin admitir que eran producidas por un ventilador y un escenógrafo, pero para nosotros era un azar de un cuerpo de bailarines vestidos de blanco y una espontaneidad que desembocaba en una coordinación coreográfica que ya habíamos visto, aunque debajo de otros atuendos y de aros de baloncesto. Quizá fue ahí cuando empezamos a quererla y a darnos cuenta de ello, de que había en ella, o parecía haber, una dualidad de inocencia y sexualidad, pero venía de una planeación de mercado que nos negábamos a ver porque queríamos tanto a Britney, a Britney Jean, a Britney Jean Spears.
Su figura empezó a trascender la pantalla en la que la habíamos descubierto y nos dimos cuenta de su omnipresencia cuando la descubrimos en revistas, en periódicos, en discos, en carteles y pósteres, sin abandonar nunca la televisión. Ahora había más formas de Britney y más formas de quererla, que ella misma fomentaba, quizá, como nosotros, sin darse cuenta de que detrás de ella había una industria, una industria que la había puesto a competir con Christina Aguilera para catapultarla, pero no era necesario (realmente no era necesario). La conocíamos también por lo que decía, y la creímos incapaz de creer muchas cosas, muchas malicias. Ahora se nos aparecía posando y con disfraces que eran cada vez más pintorescos; la vimos sobre la superficie de Marte, en una especie de centro nocturno (y ahí la deseamos intensamente) en el que pasaba lo mismo que en los pasillos y en el puerto, en un fondo negro con una silla (y ahí descubrimos en plenitud algunas de sus torpezas, que más bien nos daban gracia y hasta ternura), en una playa, sobre una motocicleta, en la cúspide de una quebrada diciéndole al mundo que no era ni una niña ni una mujer, cuando se le veían todas las formas de una mujer.
La película no la vimos: coincidimos en que era triste ver a los ídolos fuera de su papel, y dos horas de pena ajena no las soportaríamos. Era otra forma de engañarnos: sentir que ella había sido engañada y convencida por un productor malvado de que ahora podría incursionar en el cine, y de que estaba en todo su derecho de hacerlo porque era la puerta para muchas cosas. La queríamos tanto.
No tardó en llegar el día en que sentimos que estaría más cerca de nosotros que nunca, aunque también irremediablemente lejana. El anuncio de dos presentaciones nos había ilusionado a nosotros y a muchos más que la fueron descubriendo poco a poco, conforme su nombre era pronunciado y escrito y divulgado cada vez más frecuentemente por más personas. No todos pudimos ir, no todos fuimos; varios preferimos mantenerla a distancia como una imagen, in icono de algo, y no hacernos ilusiones o decepcionarnos al descubrir que era, en parte, un ser humano como todos los demás, pero no como todos los demás. Sin embargo, parecía que ella quería que la percibiéramos así, y la prensa de espectáculos, una vez más la prensa de espectáculos, se encargó de hacerle saber a todo el mundo que ella también podía hacer señas obscenas con el dedo medio de la mano, y nos hizo creer (o nos quiso hacer creer... hubo quienes no creímos, porque la queríamos tanto) que era una señal para todos nosotros, y no sólo para la prensa o el camarógrafo que la captó así.
Para quienes fueron a verla y para quienes no, nos sorprendió el hecho de que hubiera cancelado una de sus dos presentaciones. Fue porque llovió. Y no la repuso. No era una princesa, como algunos de sus promotores la habían querido hacer ver; algunos de nosotros ya lo sabíamos; una princesa hace cosas como ésa. Y hay otras cosas que tampoco hace ni permite que se hagan con ella.
La primera gran decepción, la primera de una triste cadena, fue darnos cuenta de lo que ya sabíamos: que no podríamos tenerla. Pero no fue decepción solamente para nosotros, porque del otro lado también había quienes tenían, no una esperanza, pero sí algo cifrado en Justin Timberlake y otros tres o cuatro individuos. Hubo un silencio, y después la nota que más haría vender ejemplares a revistas y a prensa de espectáculos, unas declaraciones que Timberlake había hecho a una radiodifusora (nosotros tuvimos nuestra venganza cuando vimos su cara después de que él vio ese beso con Madonna, que también implicó una reconciliación innecesaria con Christina Aguilera). Hubo un silencio, parecía que ahí había acabado todo, que a Britney, derrotada y autoexpatriada de alguna manera, luego de traicionarse a sí misma, no lo quedaba más que irse dándonos la espalda, cargando con su equipaje hacia donde nadie al conociera. Su fatalidad es que ya era demasiado tarde como para encontrar un lugar en el que nadie la conociera, y tuvo que cargar no con su equipaje, pero sí con el peso de sí misma.
La moneda se volteaba para Britney y para nosotros, que la queríamos tanto y que con tristeza habíamos pensado que optaría por desaparecer, de alguna manera. Era una especie de condena, pero quién la había impuesto.
Más que el destierro, la desdicha para el que ha caído de la gracia en la que estaba es el regreso. Y Britney tenía que regresar, y lo hizo como azafata y espía. A nosotros ya no nos encantaba, y vimos eso con desconsuelo. Aunque la seguíamos queriendo. Nos pareció un intento desesperado por reconquistarnos, por presentarse ante nosotros con esa gracia o inocencia de la primera vez. Volvió con una gran expectación, con una escena en una tina de baño que no queríamos perdernos, con algo acerca de lo que toca su mano, que sin embargo ya nos provocaba cosas distintas, pero no era culpa de ella. Era la misma, la veíamos y era la misma de hace cinco años queriendo cambiar, queriendo otra imagen de sí misma y eso era un intento por buscarla, justamente una búsqueda, y en el fondo era tan vacío que no nos dábamos cuenta de que el regreso no era triunfal ni estaba cerca de serlo, pero seguíamos defendiéndola, diciendo que no era su culpa, que hay que comprender por lo que había pasado, que ella sí podía darse el lujo de hacer esas cosas, que era el principio de algo diferente que nos la regresaría más gloriosa de lo que había estado cuando llegó a lo que considerábamos su cúspide, que había que esperar, que era una etapa de transición, que no era ella la que decidía y que aquello era valioso por el simple hecho de marcar el inicio de una etapa, que simplemente no era comprendida... Queríamos tanto a Britney que los resultados eran siempre justificables.
Otra noticia nos llegó avasalladora, un matrimonio en Las Vegas que había durado apenas dos días, estado de ebriedad y sospechaban ingesta de drogas, y pronto un segundo matrimonio y el embarazo, Britney sería madre y de nuevo hubo un silencio hasta que nació la criatura, un segundo embarazo, fotografías que la mostraban como una princesa como la que ella no era y no había sido nunca nunca se mostraría a una princesa, el segundo embarazo, el segundo nacimiento, de nuevo el alcohol y las drogas que giraban en torno a ella entre insinuaciones de los mismos conductores de la televisión que habían celebrado su vanagloria y que habían sido cautivados por ella, la página perdida de una sección de espectáculos en la que leímos que había sido internada en una clínica de rehabilitación, el pleito por la custodia de sus hijos, el darnos cuenta de que estaba viviendo a una velocidad trepidante la vida de Elizabeth Taylor.
La inmolación de Britnheylde
¿Qué la habría movido a hacer eso? Encontrar una respuesta a esa pregunta es tan absurdo como querer saber cuál fue el origen del universo. El mismo día que lo hizo todos supimos que se había sacrificado; era una forma de sacrificarse, de dejar de ser; al menos simbólicamente, dejaba de ser Britney Spears, y tal vez eso es lo que había estado deseando desde hacía algunos años, pero contratos con compañías discográficas y revistas le impedían dejar atrás todo aquello que la había convertido en lo que no era, en lo que tal vez nunca quiso ser. Quizá lo que había sido rebasó sus expectativas y no supo qué hacer con todo aquello, todo ese poder, toda esa influencia, toda esa fama, toda esa libertad. A veces pasa; a veces es demasiado; a veces se vuelve insoportable; a veces es necesario un escape, ese lugar en el que nadie nos conoce. Ella sólo puede esperar un lugar en el que la desconozcan. Tal vez es eso lo que busca, la última posibilidad. Y la muñeca. Qué horror.
Quiere volver a ser Britney, no la Spears, no la estrella juvenil, sino la pequeña que nadie conocía y en la que nadie reparaba antes de su escalada, la que estuvo a punto de vivir una adolescencia normal, difícil, de desengaños menos dolorosos y menos crudos. Simplemente Britney, una vez más. Y quizá la seguimos, la seguiremos queriendo tanto.

viernes, diciembre 22, 2006

Ode an die Freude (Oda a la alegría)

Texto: Friedrich Schiller
Música: Ludwig van Beethoven

O Freunde, nicht diese Töne!
Sondern laßt uns angenehmere anstimmen,
Und freudenvollere.

Freude, schöner Götterfunken,
Tochter aus Elysium,
Wir betreten feuertrunken,
Himmlische, dein Heiligtum,
Deine Zauber binden wieder,
Was die Mode streng geteilt;
Alle Menschen werden Brüder,
Wo Dein sanfter Flügel weilt.

Wem der große Wurf gelungen,
Eines Freundes Freund zu sein;
Wer ein holdes Weib errungen,
Mische seinen Jubel ein!
Ja, wer auch nur eine Seele
Sein nennt auf dem Erdenrund!
Und wer's nie gekonnt, der stehle
Weinend sich aus diesem Bund!

Freude trinken alle Wesen
An den Brüsten der Natur,
Alle Guten, alle Bösen
Folgen ihrer Rosenspur.
Küsse gab sie uns und Reben,
Einen Freund, geprüft im Tod.
Wollust ward dem Wurm gegeben,
Und der Cherub steht vor Gott.

Froh, wie seine Sonnen fliegen,
Durch des Himmels prächt'gen Plan,
Laufet Brüder eure Bahn,
Freudig wie ein Held zum Siegen.

Seid umschlungen, Millionen!
Diesen Kuß der ganzen Welt!
Brüder,- überm Sternenzelt
Muß ein lieber Vater wohnen.

Ihr stürzt nieder, Millionen?
Ahnest du den Schöpfer, Welt?
Such ihn überm Sternenzelt,
Über Sternen muß er wohnen.

sábado, noviembre 11, 2006



Satieana (Sur un Satie)


Las cosas regresan de vez en cuando, cuando tienen que regresar, he pensado, en una especie de flujo continuo que puede estar tan relacionado con la física cuántica y los anillos de Moebius como con el budismo, la música o sencillamente las coincidencias. Un tema que regresa en medio del primer movimiento de un concierto para piano (pongamos el segundo de Rakhmáninov) o en el estribillo o la coda de una canción, una persona que reaparece en la vida de alguien más justo cuando se pensaba en ella; así es esto.
Hace meses regresó a mí Érik Satie en varias formas, aunque realmente nunca se alejó. Lo primero que escuché de él, quizá como la mayoría de la gente que se ha topado con su música, fueron las gimnopedias (y, poco después, las nuevas gimnopedias). Poco después de haber comprado un disco en el que Anne Queffélec se volcaba toda sobre el normando, Satie se acercó a mí en forma de lluvia y miedo desde una ciudad que entonces yo no sabía cuál era. “Nube, un suspiro” mientras sus tres gimnopedias se escuchaban allá y apaciguaban el ímpetu de gotas y truenos, mucho mejor, según me pareció, de lo que lo hubiera hecho Chopin, que en algún lado leí o escuché o me dijeron que era “el compositor de la lluvia”.
“Satie es el descubrimiento de la temporada”, leí; Satie siempre será un descubrimiento (aunque no necesariamente un redescubrimiento). Dentro de su música es posible encontrar nuevas armonías cada vez que se escucha, distraídamente, una pieza, las gnosedias, las descripciones automáticas, los nocturnos, las piezas frías, los fragmentos en forma de pera, las ojivas, los embriones desecados, las horas seculares e instantáneas, o las que no forman parte de ninguna colección, como el vals je te veux o el preludio a la puerta heroica del cielo. Una nota grave, una arpegio, un acorde que parece que la vez pasada que se escuchó la grabación no estaba ahí. No es algo exclusivo de Satie: pasa con cualquier música, pero aquí lo que interesa es la cualidad ‘satíerika’ de la música, una voluptuosidad escondida en sus formas y elementos más simples, en sus manifestaciones más sencillas.
Mozart (uno de cuyos temas es citado en una pieza de Satie) decía que la música es más que música, más que sonidos; que tiene colores y formas y texturas y volumen, que puede haber una sonata azul, verde o roja, un tema cuadrado o triangular, una sinfonía rugosa, un concierto redondo. La música de Satie, al menos su música para piano, que es casi toda, siempre me ha parecido blanca, nívea. Su gnosedia número cinco, por ejemplo, me hace pensar en una ciudad bajo la nieve. (Por otra parte, nunca le he encontrado forma de pera.) Y con esa blancura ha vuelto constantemente, desde aquella ciudad, quizá, cada vez que llueve en la que yo vivo. Ahora, al menos para mí, Érik Satie le ha quitado a Chopin el título de compositor de la lluvia. Y quizá sea también el compositor de la niebla, de la brisa, del martini, del cabaret, del burdel, del tinto, de las bacanales, de la displicencia, de la despreocupación (¿cómo traducir nonchalance?), de algunas playas y de algunos amaneceres.
Volvió a mí también un fragmento de un cuento que escribí hace cuatro o cinco años, consecuencia de mi primera audición de las gimnopedias, mientras estaba buscando una noche no recuerdo qué en una carpeta de papeles viejos; reapareció el final, en una hoja de cuaderno. Esa noche, por fundirse con la madrugada, estuve a punto de hacer una llamada telefónica a otra ciudad.


“...desde la habitación y cumple con su deber, y uno lo maldice porque bien recuerda haber soñado.
“Es sábado y uno está, con los ojos abiertos, aún sobre el sofá, viendo todo sin mirar nada, y de pronto la mirada cae sobre la lámpara encendida que no va a apagarse sola, no; necesita ayuda. Hace frío y hay que caminar unas tres cuadras para conseguir un café mejor que el del apartamento, tres cuadras que, dadas las circunstancias, no son nada. El café está lleno y el pianista toca algo de Satie; no hay asiento vacío más que ése en la mesa de una mujer.”


El resto del cuento está en otra hoja que aparecerá a su debido tiempo. O no. Comienza más o menos como termina, la misma situación; la diferencia es que el final no es un sueño.
(El primer renglón que aquí reproduzco del cuento, habla de un despertador.)


La isla de Santorini (la antigua Thira) está compuesta geológicamente de piedra pómez y caolín; en su bahía...han aparecido y desaparecido islas. Era el centro de una religión muy antigua cuya liturgia comprendía danzas líricas de un ritmo grave y austero, llamadas Gymnopedias. —Giorgios Seferis, “Guía de Grecia”

sábado, octubre 28, 2006

No, ya, en serio

¿Alguien sería tan gentil como para decirme cómo chingados agrego vínculos a este blog para que quienes lleguen acá mejor vean otros blogs mejor hechos?

miércoles, octubre 04, 2006

Te recuerdo, Jara (I remember you, Víctor)


Más allá de su trascendencia dentro del desarrollo de la llamada nueva trova o la nueva canción latinoamericana, más allá de haber figurado entre una pléyades de hombres y mujeres que, guitarra en mano, alzaban su voz en contra de las vejaciones que sufrían los países americanos que están debajo de Estados Unidos, Víctor Jara representó, quizá más que ningún otro, un compromiso con un ideal, con una visión, con unos principios. Y no solamente por haber impulsado la campaña de Unión Popular con Salvador Allende al frente ni por haber participado activamente durante su gobierno como embajador cultural o dirigir el homenaje a Pablo Neruda luego de que le hubiera sido entregado el Premio Nobel de Literatura, sino por el verdadero acercamiento con las clases obreras a través de sus canciones y de sus actos cotidianos.

“La poesía está en las calles”, se proclamaba en las décadas de 1960 y 1970; “Los cronopios contra el sistema”, se leía en una barda en Uruguay; “Venceremos”, gritaban y cantaban miles de voces esperanzadas. Y estas tres consignas tenían algo en común: una invasión de espacios, una revolución que podía alcanzarse sólo a través de la poesía, o viceversa, el regreso del realismo mágico a la cotidianidad. Chile, 1973. El poder popular había demostrado su existencia y su fuerza, los ideales del socialismo (igualdad de oportunidades y atención primordial a la clase trabajadora, no igualdad de condiciones ni dictadura del pueblo) se elevaban en un momento en el que el resto de Centro, Sudamérica y el Caribe vivían bajo la atroz imposición de dictaduras militares.

Videla, Garrastazú, Somoza, Stroessner, Barrientos y cuántos más oprimían a “sus” pueblos. En Cuba había triunfado también la revolución de mano del mítico Che, quien, libertador del siglo XX, más que con una patria estaba comprometido con una causa, cuya persecución le quitó la vida el 9 de octubre de 1967 en Bolivia. Y llegó el 11 de septiembre de 1973. Un golpe de Estado imponía a Augusto Pinochet en la presidencia de Chile; Salvador Allende, antes que rendirse, prefirió quitarse la vida; Víctor Jara fue hecho preso político y encerrado en el entonces Estadio Chile (hoy Estadio Víctor Jara, pero eso qué más da), acompañado por cinco mil compatriotas suyos. Cinco días después, el 16 de septiembre, tras haber compuesto su última canción, Estadio Chile: Canto, qué mal me sabes, fue torturado y asesinado. A culatazos le fueron deshechas las manos, “Toca ahora tu guitarra”, decían los militares. Cortaron su lengua, “Canta ahora tus canciones”, decían los militares. Y después fue acribillado por la espalda. El 23 de septiembre, Neftalí Ricardo Reyes Basoalto murió de tristeza.

¿Y Jara, y Víctor Jara? En su voz común, en su denuncia en forma de canciones, en sus manos fuertes y gentiles, en el sentido y la razón de su guitarra, Víctor Jara sigue denunciando las condiciones del obrero, los cobardes ataques militares, la injusticia del sistema, la pobreza, la explotación. Y esto se puede superar, lo único que hace falta es voluntad; el cambio no tiene que venir desde arriba, sino desde abajo, desde nuestras decisiones de todos los días. “El pueblo unido jamás será vencido”, una frase de Claudio Iturra, autor del himno Venceremos, con música de Sergio Ortega. El futuro está en nuestras manos: “el futuro comienza hoy”.

Víctor Jara, ahora callas, pero nunca estarás como ausente.

martes, julio 18, 2006




La trompeta de Miles

La trompeta de Miles (Miles' trumpet)

No siempre, pero hay veces que siento que Miles Davis está tocando la trompeta justo detrás de mí. Aún no sé por qué justamente la trompeta ni por qué justamente Miles Davis, el caso es que escucho una nota metálica alcanzando agudos imposibles, que quizá ni siquiera los modernos avances digitales puedan alcanzar a grabar, pero que sí ahuyenten a los perros. No es que esté justo detrás de algún reproductor o que haya bebido de más (que en mi caso es bastante poco), pero escucho la trompeta de Miles Davis, inconfundible.

No es ningún otro metal, no es ninguna tuba ni ningún trombón, ningún saxo, ningún corno, ni las olvidados trompeta y clarín (con todo y su bélico acento), y mucho menos alguna madera o sintetizador electrónico; no es Chet Baker, ni Maynard Ferguson, ni Dizzy, ni Louis, ni Bix, ni Roy Eldridge, ni Arturo Sandoval, ni Harry James. Es la trompeta de Miles.
La última vez que la escuché fuera de un disco compacto iba yo caminando rumbo al periódico y el cielo comenzó a nublarse. Eran más o menos las cuatro y media de la tarde, un frío y un viento incontrolables en medio verano me hacían el cabello para todos lados. Para colmo, no había traído conmigo ningún tipo de chamarra, suéter, sudadera, gabán, sobretodo, gabardina o cosa parecida. Estaba a merced de una ciudad que, climatológica y socialmente hablando, es de lo más ridículo que jamás he visto en mi vida.
Algunas gotas de lluvia fría empezaban a caer sobre mi rostro, como si fueran bobitos, esos mosquitos que no pican. Pasaba mi mano por mi cara de arriba abajo para secarla, y por un momento me sentí en medio de una pésima película de Silvester Stallone, o una buenísima de Vittorio De Sica. Justo en ese momento fue como si alguien hubiera gritado: “And the trumpet shall sound”.
Como si tuviera la boca de la trompeta en mi oído tocando la nota más sutil y más aguda que pudiera tocara una trompeta, me detuve y cerré los ojos. La gente que buscaba un refugio por la absurdamente ligera lluvia me veía como si estuviera yo loco (que lo esté no les da derecho a quedárseme viendo en la calle refugiados bajo la lona de una florería). Sentí la lluvia y sentí como si la vida me estuviera cayendo en la cara en forma de rocío urbano. El sonido de la trompeta iba in crescendo hasta que se opacó en ocho segundos, durante los cuales una nota larguísima, casi infinita, hacía de preludio para una la melodía, su exposición, su múltiple desarrollo superpuesto, una línea melódica detrás de otra, encima, debajo, a través, zigzagueante, tres, cuatro, ocho, dieciséis, dos y treinta, todas simultáneamente yendo hacia una explosión incontenible y de pronto Miles había callado. Ocho segundos, una cantidad inagotable de música, horas y horas de jam sessions. La lluvia comenzó a cesar y la gente dejó de temerle al cielo y a las calles.
El periódico estaba a tres cuadras. Como pude crucé la acera, me compré un café, entré a la redacción y entre notas de finanzas, deportes y declaraciones de presidentes municipales escribí esto.



(La pintura de Miles Davis es obra de Luisa Fuster. Las fotos no tengo ni idea.)

miércoles, julio 12, 2006

Aclaración.

Como este blog resultó una infamia, acá dejo la dirección del mero bueno:

http://romanothechief.spaces.live.com/

Bueno, la verdad también es pésimo. Raro, mientras todos se pasan de allá para acá, yo llego acá y mejor me regresó pa'llá porque no sé usar blogs. ¡Que alguien me expliqueeeee! Lo que sea, pero que se me explique algo.